lunes, 29 de abril de 2013

Rescate de los idiomas nacionales

Buscan aprovechar el presupuesto para los pueblos originarios que preserven su idioma

La Concordia, Arcelia
Doña Chuy Morales, una anciana de ochenta años de edad, aspira a ser maestra de náhuatl, el cual pretende aprender para enseñarlo a quien quiera. Sobre todo, ahora que el ex dirigente estatal del PRD, Misael Medrano Baza les dijo que existe presupuesto público para las comunidades que preserven su idioma.
En los pueblos de la parte alta del municipio de Arcelia, hablan el náhuatl. Son muchos, cada vez menos, pero existen y se reúnen cada 12 de octubre en El Cacahuananche, ubicado casi en la cima de la montaña de este municipio. Xochicalco, Mumux-titlán, Coloxtitlán, Ixcatepec, Campo Morado, Paraje La Suriana (donde está la mina del tristemente célebre Carlos Ahumada Kurtz), entre otros.
Doña Chuy es de Ixcatepec, poblado unido a La Concordia, de la que solo los separa un capire y una línea imaginaria que tiene que ver con la ideología partidista.
Vino a La Concordia porque el diputado Nicanor Adame Serrano les entregaría “de mi salario”, un vale canjeable por 500 pesos como apoyo a la actividad agrícola. Doña Chuy es perredista, y estuvo en primera fila entre los beneficiarios, sólo los que votaron por el PRD en esos pueblos.
Después de la reunión, accedió a hablar para El Sur acerca de su idioma y de sus aspiraciones para enseñarlo.
Sus padres lo hablaban, pero ella no lo aprendió de ellos. “Parecía que no querían que lo aprendiera. Ellos hablaban así, pero delante de mí nunca hablaron. Hablaban así como orita que están platicando allí, pero que a mí me hablaran así, no”.
Doña Chuy Morales tuvo muchas carencias de niña. Nunca conoció otros juguetes que no fueran los que ella misma hacía con lodo, a los que daba formas y figuras y luego pintaba con colores de cochinilla, mezclados con la savia de hojas machucadas.
Por eso esta vez está emocionada, porque la caravana de políticos perredistas de Arcelia que vinieron a entregar vales de apoyo a los campesinos, le entregaron una bolsita con un comedor de juguete. Nunca en su vida había visto uno. “Voy a jugar a la comidita”, dice emocionada, y narra cómo es que aprendió el idioma náhuatl.
“Yo lo aprendí ya de muchacha, porque mi papá salía de mayordomo de los santos. Qué no ve que lo ponían a uno adelante pa que se encargue de todo lo de la gente, que les dé de comer, y entonces me ponían a mí y a otras muchachas a echar tortillas. Me decían ‘ustedes nomás andan dando vueltas por allí. Órale, péguense allí en el comal a echar las tortillas’. Nos poníamos a echar tortilla y llegaba la gente de por allá, de las cuadrillas y ellos hablaban así, en náhuatl. Yo les decía que qué pues indicaba eso y ya empezaban a pronunciar y ya después me ponía a platicar con ellos. Así fui aprendiendo. Pero que diga bien, bien, no. Estaba un señor que le contaba hasta el cien, en mexicano. Ora está un señor que va a poner una escuela pa’ hablar puro mexicano. Se llama el señor… Santiago”.
–¿No es un maestro de Cacahuananche?
–De Cacahuananche, ándele ese mero.
El profesor Santiago es originario de Cacahuananche, lugar en donde a instancias suyas se organiza anualmente, cada 12 de octubre, el encuentro de culturas indígenas. Es indígena puro, como lo fueron sus padres, según asegura doña Chuy. “Su papá era bien indito, que hablaba bien el mexicano”.
–Ese Santiago, sí le sabe. Dice que va a poner una escuela de eso, para hablar el náhuatl, pero orita ‘tá un poco enfermo y salió de dar clases en la preparatoria, y se ‘tá tendiendo. Antier vinieron, y le dije, qué ya no vas a dar clases, y me dijo, no porque ya busqué otro quien entre a dar clases. Yo después me voy a preparar para darles las clases.
–¿Usted está dispuesta a enseñar el idioma?
–Sí, yo lo voy a dar, pero primero me van a enseñar.
Doña Chuy, sólo aprendió a contar hasta el siete. De los que aprendió a hablar no sabían más. “Ce, es uno; ome, son dos; eyi, son tres; nahui, son cuatro; macuilli, son cinco, chicuase, son seis; chicome son siete… ¡Yo nomás hasta allí alcancé!”
–¿Es un idioma bonito, le gusta?
–Pus cuando nos sentamos a hablar todo en mexicano, todos le entendemos. Igual en castilla.
Doña Chuy Morales es acompañada por un hombre de 52 años. Es su sobrino. Se llama Teófilo Cervantes Castillo. En la zona es conocido como Teo, y tiene una particularidad: a sus 52 años, nunca ha usado huaraches o zapatos. “Una vez le regalaron unos huaraches y no los quiso, los tiró nuevecitos porque no pudo caminar con ellos”, asegura doña Chuy.
–¿Y por qué don Teófilo?
–Porque no.
–¿Por qué no?
–Porque no porque no.
“Es que así es la familia. Mi mamá nunca usó huaraches, y yo los usé hasta los 15 años”, interviene doña Chuy, señalando los pies de su sobrino, en donde se pueden observar gruesos callos en la planta de sus pies. “A él no le hacen las espinas. Cuando pisa una, la quiebra, no le entran. Se tropieza, y por allá van a dar las piedras”, explica.
Cuenta que así ha recorrido todos los montes, riscos y barrancas de la parte alta de Arcelia, a donde ha ido a venadear, o a la caza de aves como las chachalacas. “Nunca se ha lastimado. Sus patas son como cascos”, dice en broma un conocido en medio de las risotadas de todos, incluso de Teófilo.
Finalizada la reunión, el diputado Nicanor Adame se despide en su idioma. Doña Chuy lo hace en el suyo: “Ma Dios mixhuica” (que Dios te lleve con bien).
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Consulta en:
http://suracapulco.mx/archivos/78296

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