domingo, 8 de diciembre de 2013

Sobre Humberto Cravioto

Humberto Cravioto, el ocaso de una estrella que nunca lo fue

Óscar Ricardo Muñoz Cano
*He aprendido que la física es más importante que la metafísica, dijo el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, por lo que sé que en el cielo como en la tierra las estrellas cuando empiezan su declino, dan señales…
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Nueve de la noche en punto y cierran las puertas del Juan Ruiz de Alarcón. No como antes, que ya no entraba nadie. Ahora, el público que apenas y logra llenar dos tercios del teatro entra y sale de los conciertos de la Filarmónica como perro por su casa.
Me acomodó en las fósiles butacas, respiro el polvo y saludo al chico del Novedades que prepara ya su nota preguntando no sé qué sobre el concierto, contestando yo no sé qué tampoco, al tiempo que se escucha la tercera llamada y los músicos se aprestan a darle forma a una noche que se presagia, no la tiene.
La tranquilidad del público contrasta con la tensión tras bambalinas que veo desde mi lugar en las primeras filas. Saludos y sonrisas de unos mientras que en otros cara largas salpicadas de nervios.
Silencio. Llamada de atención de la primer violín. Entra Eduardo Álvarez, el director. No parece relajado. Lo desconozco. Aplausos. Miro el programa y veo arias napolitanas música mexicana y no llego a ver quién o cómo se organizó el evento, porque antes de que pueda hacerlo entra sin más el tenor Humberto Cravioto. Más aplausos. Deslumbra, fascina, emboba, es una estrella que saluda al universo que lo sostiene.
Suenan los golpecillos de la batuta, despega la orquesta, se afianza Cravioto al piso y se lleva la mano izquierda a la oreja para escucharse a sí mismo: Una furtiva lagrima / negli occhi suoi spuntò, que sale de su garganta de 62 años mientras los nervios se tensan entre quienes saben que los ensayos no resultaron del todo venturosos…
Al centro, justo enfrente de Álvarez que dirige, el tenor interpreta la primera aria vestido de saco blanco y corbata, justo para el frío que se siente, sencillo, a pesar de tener en la espalda 50 discos grabados y premios que rebasan dedos de pies y manos; va del Do3 al Do5 (me corregirán) apenas sin problemas pero careciendo de su brillo, de su timbre de antaño pero dominando el sonido sobriamente, artísticamente, ganándose los primeros y merecidos aplausos que él agradece mientras narra alegre un par de anécdotas, impávido, y que otros agradecen como quien recibe la noticia de que su hijo el astronauta llegó a la Luna sin muchos problemas.
Para cuando pongo más atención al programa me encuentro con La donna e mobile que ya se escucha y el O sole mio en una carrera entre la filarmónica que entra y sale a destiempo porque Cravioto entra y sale a destiempo de manera surrealista, mientras me lamento por no llevar una buena grabadora y dar constancia de este ruido estelar que concluye tan de repente como empezó.
Un respiro que llega, que se alarga en un cuchicheo entre el cantante y el director y  que termina cuando el segundo corre nerviosamente fuera del escenario sin explicación de por medio y contagiando a quienes se encuentran atrás que como hormigas sin rumbo van y vienen.
Cravioto, dueño del escenario y sabedor de la razón atina a decir con toda tranquilidad, con su rostro de sol, que se le olvidó la letra de Por ti volaré, y que Álvarez amablemente fue por ella al camerino, que hace tiempo que no la canta, que hace tiempo que no canta arias, que no se la sabe de memoria, pero que cuando la canta la orquesta lo tapa para disimular un par de desatinos de los que él se da cuenta, por lo que suplica repetir las últimas notas para obsequiarlas al público que sin más le aplaude pero que le son negadas igual que como a Cabrera Infante le negaron los placeres de Estrellita (¿o era Estelita) en La ninfa inconstante…
Y veo como, mientras me sujeto nerviosamente a la butaca apolillada, se me forma una imagen sacada de aquellos textos cubanos de Cabrera Infante que recuerdo y evoco y mezclo con el perdón de Dios y el escritor: Cravioto canta el Júrame de la Greever, canta  más. Parece incansable, como si alguien le pidiera que cante y cante y él, afianzado con los dos pies sobre el escenario alza los brazos y saluda y agradece como aquel astronauta que regresa a casa y el maestro Álvarez, ah, el maestro con la cara sudada, la jeta de animal salvaje, de león, la melena goteando de sudor, echando para adelante toda la experiencia, los ojos más pequeños, más ocultos bajo las cejas que sirven de viseras por delante de su cuerpo finito y la orquesta, ah, la orquesta y yo pienso: Cravioto no canta más, y añado: en todo caso, canciones dulces, con sentimiento, del corazón a los labios y de la boca a la oreja…
Mientras tanto, estrujo entre los dedos el programa sin pretender hablar de cómo llegamos a esto, pero no es un misterio saber que Mari Trini Suchowitzki, encargada de aniquilar el Festival de la Nao en el gobierno de Manuel Añorve, organizó este espectáculo dejándola decidir por sobre los recursos y experiencia de la Filarmónica y ofrecer un momento de paz para el Centro Cultural Cristo Rey y los… (Ya ven, ya estoy hablando del cómo).
Sigue cantando refugiándose en un tono que convierte la canción espectacular en una simple canción llena de nostalgia poderosa y verdadera. Canta Cravioto, canta hasta que desentona en el final, en las últimas notas, sin que nosotros supiéramos que son las últimas hasta que los aplausos amenazan con terminarlo todo y lo terminan cuando alguien me dice: qué sentido, que quiere decir sentido en verdad porque de su cara una furtiva lágrima asoma en sus ojos…
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…Qué importa ya si después el león se encierra furioso en su camerino arrastrando el prestigio de la filarmónica apenas y magullado, qué importa ya si un Cravioto sonriente y amable recibe un reconocimiento por su “destacada participación” mientras pregunta si firmará autógrafos ante un público que se le rinde, qué importa ya si el coro femenino de la UAG interpreta Los planetas, de Gustav Holst si acabamos de ver cómo es que se va extinguiendo una estrella…
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Consulta en:
http://suracapulco.mx/archivos/122919

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