lunes, 16 de diciembre de 2013

Texto de Pérez Pineda

ÉDGAR PÉREZ PINEDA

La exuberancia es un lujo tropical

Alrededor de las 13 horas del día 6 de diciembre de 2013, en la plaza José Azueta, un grupo compuesto espontáneamente por dos chavos de uniformes de secundaria, dos señoras regordetas con elegantes sombreros de moda, más un sujeto fotografiándolas, estos tres de aspecto turista, sumados a un par de promotores que charlaban con folletos entre la axila, y pegado al jardín, otras dos mujeres, la primera apoltronada en un banco, dependiente de un tenderete que no puede decirse exclusivamente de suvenires ni de golosinas, sino una hibridación que incluía juguetitos de plástico, cigarros sueltos, calcomanías, jabón para sopladura de burbujas y fundas para celular, ésta hablaba de cómo le dolía desde el seno izquierdo hasta una parte de su espalda, mientras su escuchante se mostraba interesada.
Todos ellos presenciaron el arribo del buque carguero NK-05, cómo fue emparejándose lentamente paralelo al muelle. El ingente artefacto se acomodó mientras los turistas captaron las imágenes y el resto se mantuvo atento. El buque iba abanderado de Panamá y desde abordo algunos marineros vestidos con monos color naranja lucían minúsculos en aquel armatoste, señalaban entre sí hacia puntos de la bahía y las montañas, parecía que comentaban, de repente la impresión fue que iban saludar al grupo que los observaba en tierra, pero el entusiasmo no fue suficiente en ambos bandos.
La mujer que antes describía sus dolencias, esta vez arrancó a entonar una canción, la del “mariachi loco”. El simple deslizarse de tan grande barco constituyó un espectáculo. En el muelle esperaban unos lotes de autos nuevecitos. La mujer vocinglera se dirigió a un chico que había aproximado a la escena para recordarle, un poco a desalmada guasa, que se bañara porque al rato iba a trabajar en la cargada de los coches al navío, su vozarrón parecía convocar incluso a los desconocidos al rededor, quienes prefirieron centrar su atención en el barco.
Entonces la señora fue directo al asunto diciendo que llevaba muchos años trabajando en este parque José Azueta, que situaciones como el arribo de un transatlántico las había presenciado en demasiadas ocasiones, precisó, tenía ya más diez años aquí. Mientras que se relataba lo anterior la embarcación se detuvo y acabó el espectáculo de llegada. Ahí estaba entonces, ante un Fuerte de San Diego que también ha presenciado muchísima historia y todas las llegadas de los barcos modernos al puerto. En medio del calor sopló viento.
El espontáneo grupo fue diluyéndose, primero se fueron los chavos de secundaria, luego los turistas, a quienes la mujer de los suvenires gritó cuando ya iban bastante lejos y sujetándose las pamelas: “¡Niñas, aquí les vendo unos listones para que no se les vuelen los sombreros!” Y el chico de sandalias y playerita sin mangas, moreno a quien jocosamente le pidieron bañarse, interpeló a la mujer que había estado voceando: “Ay, mamá, si se estuvieron aquí como una hora, ¿por qué no les dijiste antes?”. La mujer sobresaltó como si la hubieran atizado: “Oye, tú, déjame trabajar, ¿sí?”.
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